El guerrero ganó la más importante de las batallas sin derramar ni una gota de sangre: perdonar y lograr el perdón de los hasta entonces eternos enemigos.
La velocidad, en su afán por ganar la batalla, no pudo impedir que la curiosa mirada de la joven admirara el paisaje que se extendía ante ella.
Alzó la vista y dio gracias a esas nubes por acompañarla durante su viaje. Las primeras lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas…
No había tiempo para términos medios ni medias tintas. Como un autómata, ahora todo se limitaba a ceros y unos. Código binario, le llamaban.
Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
El invierno había arraigado tan profundamente en ella que ahora le costaba apreciar los nuevos colores. La primavera le había llegado casi por sorpresa.